
Es bueno asomarse a las ventanas del alma de otra persona y ver que su interior está lleno de gozo y felicidad; es bonito ver en el alma de alguien dudas y confusiones; es hermoso descubrir que, en el fondo, tiene miedo.





Perdonadme por haber estado desaparecida, pero es que estuve enferma justo antes de los exámenes globales y entre que me ponía al día y estudiaba no encontré ni un segundo para pasarme.


Estás tenso, tienes entre las manos un papel, lo sujetas con fuerza pero con cuidado. Es una carta que te escribí una vez. Últimamente la sacas mucho y la lees y relees murmurando cosas del estilo de: "Ella me lo prometió". ¡Cómo si no lo hubiese cumplido!
Miro en derredor, el vagón del metro está bastante lleno, te lo susurro al oído, pero no me contestas... de todos modos es algo muy trivial... bueno, en realidad no. Aunque tú sólo veas a tres mujeres y un niño triste, yo puedo ver a una adolescente que habla con una de las mujeres, aunque ella no la escucha, a un hombre que acaricia el cabello de la mujer rubia de la esquina, a una madre cariñosa que da la mano al niño triste... me pregunto cuál será su historia, aunque la supongo parecida a la mía.
Llega tu parada, la de tu casa, en la que tantas veces me he bajado para ir a visitarte, nos bajamos, te doy la mano, aunque ni siquiera me la estrechas, y caminamos por el andén hasta la calle.
El aire frío nos da en la cara y disfruto de la maravillosa sensación de estar contigo, te subo un poco los cuellos del abrigo, no quiero que te resfríes otra vez, y entonces llega una chica joven con un vestido de muchos colores que te mira asustada. Tú ni siquiera reparas en ella.
- La echas de menos- dice la chica.
La miras sin comprender. Yo me encojo de miedo. ¿De qué nos conoce esa extraña?
- Ella ha cumplido su promesa, la de la carta que llevas en la mano, sigue contigo, no se ha ido.
- ¿Qué dices?- murmuras entre extrañado y enfadado.
- No puedo verla, pero sí sentirla. Nunca te deja solo.
La chica no dice nada más, simplemente se aleja trotando rápidamente haciendo sonar todas las cuentas de sus collares.
Miras alrededor con el ceño fruncido.
- ¿Ángela?- preguntas.
Oh, has dicho mi nombre. Desde el accidente no te habías atrevido a pronunciarlo.
"Estoy aquí" te susurro al oído, aunque no puedes oírme. "¿Cómo pudiste pensar que había roto mi promesa sólo porque me viste morir y me enterraste?"
Te sientes estúpido, lo sé, no puedes sentirme. Entonces recuerdo algo. Me convierto en una brisa cálida de verano (extraña en esta época) y hago que se te caiga mi carta. Luego la doy la vuelta para que veas lo que escribí en el reverso.
Corres a recoger la carta, la guardas como un tesoro, y lees lo que pone. Un brillo de comprensión se asoma en tus ojos y levantas la mirada al cielo estrellado. Te sientas en el suelo y miras las estrellas. Yo me pongo a tu lado, te doy la mano y miro también las estrellas.
Lloras, pero de alegría.
Lo has entendido.
Nos quedamos así mucho rato, los dos somos felices.
He cumplido mi promesa y lo sabes.
Miro la carta (la has dejado en el suelo ahora que sabes que tienes algo mejor para tenerme presente) y leo lo que escribí en el reverso: "Siempre que estemos lejos, mira las estrellas, porque siempre estaremos mirando las mismas estrellas". Cuando lo escribí no tenía ni idea de la importancia que iba a tener.
Cierro los ojos y me recuesto contra ti, aunque no puedas sentirlo.
