lunes 14 de diciembre de 2009

Eclipse



Siempre se ha dicho que los ojos son las ventanas del alma. Son las ventanas del alma porque a través de ellos puedes echar un vistazo al interior de cada persona, y deleitarte (o disgustarte) con el interior del cada uno. Son unas ventanas fabricadas de fino cristal, un cristal que puede ser traspasado por otra mirada penetrante, un cristal fabricado de sueños.
Los ojos no mienten, no pueden, su naturaleza es como la de las ventanas, su misión es mostrar el interior, no ocultarlo ni adulterarlo. Puedes mentir a alguien con una sonrisa falsa, con un beso obligado, con una caricia interesada, con palabras, pero no puedes mentir con los ojos.
Es bueno asomarse a las ventanas del alma de otra persona y ver que su interior está lleno de gozo y felicidad; es bonito ver en el alma de alguien dudas y confusiones; es hermoso descubrir que, en el fondo, tiene miedo.
Dicen que lo más bonito que te pueden decir es que tus ojos son preciosos, ya sea por su forma, por su color, por su expresión, por su tamaño, por su claridad, por su franqueza... Hay ojos alegres, ojos de colores especiales, con tonalidades únicas; hay ojos almendrados, cálidos, redondos, grandes, transparentes, incapaces de ocultar nada; hay ojos llenos de miedo, de vergüenza; hay ojos que tratan de negar su naturaleza e intentan ocultar sentimientos e inquietudes.
He visto miles de ojos, y por lo tanto, miles de almas, pero ningún alma es como la tuya, tú me confundes. Cada vez que trato de echar un vistazo a través de tus ojos a tu alma, me encuentro con que no soy capaz de descubrir qué tienes en tu interior. Al mirar tras de tus ojos castaños me topo con unos cristales transparentes, pero soy incapaz de ver qué hay detras.
Me pregunto si algún día lograré mirar tu alma desde el balcón de tus ojos y me pregunto también qué veré dentro. Creo que el único modo de descubrir tu espíritu será abriendo las ventanas de tus ojos de chocolate y entrando en el interior de tu alma, pero tengo miedo de no poder salir después, tengo miedo de que me hechice tanto tu interior que no sea capaz de volver. Porque en realidad sí que sé lo que hay tras tus ojos, porque lo he visto. Aunque he fingido no verlo, he visto detrás de tus ventanas tu alma, y tu alma es un eclipse. Tus ojos son un plenilunio secreto que oculta un sol brillante, tu alma es un hechizo mágico que se compone de una noche estrellada en cuyo centro brilla un pequeño anillo de luz, es la pequeña parte de sol que la luna de tus ojos deja ver. Es un misterio. Y me gusta.

lunes 30 de noviembre de 2009

Puente


Iba en el coche con mi padre y mi hermano, de camino al instituto, era un día normal. Estábamos en un atasco y, como me aburría, decidí mirar por la ventana y fijarme en la gente, tratando de imaginarme cómo sería estar en su piel y vivir su vida. Este juego siempre me mantenía entretenida, porque nunca me había gustado realmente ser quién era.

Después de un rato había saboreado el existir de varias personas, y el juego comenzaba a aburrirme. Decidí imaginar ser una persona más y luego repasar el examen de geografía. Busqué con la mirada a alguien que tuviera algo que me llamase la atención, pero no nos habíamos movido en el último cuarto de hora y ya no había nadie nuevo.

Bueno, casi nadie.

Casi sin quererlo, sin pretenderlo, posé mi mirada en un hombre joven que estaba acodado en un muro de piedra. La visión de ese ser escultural era perturbadora. Tenía la piel muy blanca y brillante, el pelo de color azul eléctrico despeinado, los brazos musculosos, y era muy guapo. Pero me dio miedo, y mi instinto me dijo que debía apartar la mirada, pero no pude. ¿Cómo no me había fijado en él antes? Seguramente acababa de llegar, aunque parecía llevar allí toda la eternidad, parecía haber surgido en el comienzo de los tiempos del centro de la tierra como las montañas. Se le acercó otro hombre de fisionomía parecida, seguramente eran hermanos, aunque el otro no llevaba el pelo teñido de azul. Se pusieron a hablar, el hombre recién llegado quedaba de espaldas a mí, el del cabello azul justo enfrente. El joven del pelo azul desvió un segundo la mirada de su interlocutor, y la dejó vagar distraidamente por el paisaje de coches llenos de gente malhumorada. Pero se detuvo de repente en mí.

Noté cómo sus ojos negros como pozos sin fondo se posaban en los míos, y sentí como si el azul de mis ojos no pudiera soportar tanta negrura y se resquebrajara hasta fracturarse en mil pedazos. Estaba aterrorizada, me empezó a entrar sueño, un sueño pesado y empalagoso, incómodo, oscuro. Sentía mi esencia abandonando mi cuerpo y no podía hacer nada. Sólo existían esos ojos negros. De repente, rompió el contacto visual y liberó mis ojos de su encanto. Sentí como si despertara de un profundo sueño, y aunque estaba infinitamente mejor, aún podía percibir la oscuridad del joven de cabello azul en mi interior.

Había sido el otro hombre quien me había salvado al empujar al joven de cabello azul hacia un lado. Ahora discutían acaloradamente. El hombre de cabello azul me dirigió una última mirada acompañada de una feroz sonrisa antes de esfumarse en el aire con su compañero. Aunque ya no estaban, supe que no me había librado de él, porque había creado un vínculo entre nosotros, como si se hubiese quedado parte de su negrura conmigo y las esquirlas rotas de mis ojos azules hubieran alcanzado los suyos. Había tendido un puente entre nosotros y ya no había vuelta atrás, así que, cuando meses más tarde, me sentí atraída hacia un callejón oscuro y una vez allí me encontré con unos ojos muy oscuros, no me sorprendí. Tan sólo me dejé llevar. Era mi destino inexorable. Me puse frente al monstruo y, con calma, esperé a la muerte.


***


Ahora soy yo quien espera en un recodo alejado de una gran ciudad la llegada de mi presa.

Ahora soy yo quien tiene el pelo de color azul eléctrico.

Ahora soy yo quien tiene los ojos más negros imaginables.

La de vueltas que da la vida...

lunes 23 de noviembre de 2009

Porque lo sé


No me importa que no me mires, que no me hables, que seas desagradable conmigo, que seas borde, maleducado, que sepas decirme una palabra hiriente en el momento más inoportuno. Me da igual. Puedes seguir haciéndolo siempre si te da la gana.

Tampoco importa que yo, aunque suelo ser amable y diplomática, sepa darte un corte cuando hace falta, decirte algo sarcástico para contestarte, mirarte mal, o lo que es peor, ignorarte descaradamente, fingir que no te veo, que no existes, que me desagradas tanto como yo a ti.

Es igual. No importa. Porque tú y yo sabemos la verdad.

Es una verdad secreta, oculta, prohibida; una verdad que ambos queremos ignorar, pero que está, y siempre ha estado, ahí. Los dos sabemos que, por un motivo que nos es desconocido, cuando estamos juntos saltan chispas de colores y miles de fuegos artificiales explotan en nuestros corazones, que cuando nos rozamos se nos pone la carne de gallina, que cuando hablamos sólo nos salen frases estúpidas y meteduras de pata. Puede ser que precisamente por eso comenzaras a tratarme mal, para por lo menos decir algo coherente; y puede que precisamente por eso yo comenzara a contestarte del mismo modo.

Ahora evitamos mirarnos, desviamos la mirada de manera descarada, evitamos cuidadosamente el contacto físico cuando es posible (en los mogollones que se forman al subir las escaleras hacia las clases es imposible), nos miramos cuando el otro está distraído y hablamos con otros amigos en voz muy alta para que el otro se dé cuenta de que sobra.

Los dos pensamos durante un tiempo que era todo producto de nuestra imaginación, pero llegó un momento en el que cada uno se dio cuenta de que no era el único que desviaba la mirada de manera automática.

Los dos lo sabemos, pero nunca lo reconoceremos, por miedo a que el otro no sienta lo mismo y nos lo estemos imaginando (aunque sabemos que no es así), así que seguiremos así por siempre, haciendo comentarios hirientes, sarcásticos, dando a conocer que no estamos a gusto en su presencia, evitándonos...

Supongo que llegará un día (o no) en que las circunstancias nos unan, y entonces podamos empezar una relación normal de amigos, en la que nunca habrá sitio para nuestra verdad prohibida, porque nos separan tantas cosas....

lunes 16 de noviembre de 2009

Estrella


Yo quería una estrella del cielo, así que extendí mis alas de blanquísimas plumas blancas y volé hasta lo más alto del orbe celestial para robar una de esas lucecillas traviesas. La guardé en mi bolsillo y descendí de nuevo. Era feliz, porque tenía mi estrellita en el bolsillo, para alumbrarme cuando leía por las noches, pero el mundo se había quedado a oscuras y los niños lloraban por las noches porque les daba miedo la oscuridad. Yo quería mi estrella para mí, pero me di cuenta de que no podía privar a los caminantes nocturnos de su guía, así que volé hasta el cielo y dejé el lucero en su sitio.

Cuando bajé de nuevo a la tierra cientos de gentes miraban entusiasmadas al cielo y daban la bienvenida a la estrella. Yo estaba triste porque ya no podía leer de noche, y a veces lamentaba haber devuelto la estrella a su sitio, hasta que un día una niña de ojos brillantes llamó a mi puerta y me hizo un regalo.

Ya nunca más deseé una estrella del cielo, porque tenía una llama de fuego que me alumbraba de noche.

jueves 12 de noviembre de 2009

Sonrisas rotas


Hoy ella se levanta triste, muy triste, pero nada más lavarse la cara pone una sonrisa en el rostro y finge ser feliz.


Desayuna delante de su familia sus tristezas e inquietudes en silencio, mientras habla de las vacaciones de Navidades con fingido entusiasmo.


Coge el autobús de la nostalgia y llora en silencio y sin lágrimas por todas esas cosas que se calla, que no puede decir, mientras sonríe, asiente y contesta a lo que le pregunta un grupo de gente de su colegio.


Entra en clase y estudia matemáticas, sabiendo que ni con todas las ecuaciones del mundo podrá explicar cómo se siente, mas levanta la mano y pregunta con interés (falso, por supuesto).


Sale al recreo y habla de asuntos triviales con un nutrido grupo de amigos, aunque sabe que en el fondo está sola.


Sale del colegio y evita a sus compañeros, sube al autobús del llanto silencioso (esta vez con lágrimas) y se sienta. Ya no le importa llorar, lleva demasiado tiempo reteniendo las lágrimas, y éstas salen ahora de sus ojos como manantiales. Sus ojos parecen ahora estrellas de platino.


Se pone a escuchar música con el iPod y mira por la ventana la lluvia, contemplando cómo el reflejo de sus lágrimas se mezcla con las gotas, y se siente algo mejor, como si sus lágrimas se diluyeran y sus penas desaparecieran. Pero solo un poco mejor, el daño sigue ahí.


Abre una carpeta para comenzar a estudiar (aunque sabe que no le va a cundir nada) cuando ve un trozo de papel aterrizando sobre su regazo. Mira a su alrededor y ve a un compañero de clase salir del autobús dirigiéndole una mirada especial, brillante.


Ella desdobla la cuartilla y encuentra un mensaje escrito a boli:


"Por fin has llorado, creí que nunca te sacarías la pena de dentro. Llora lo que necesites, y luego, sé feliz"


Mira a través del cristal y se encuentra con la mirada de su compañero y de repente, sin pretenderlo, sin quererlo, sonríe. Una sonrisa clara, feliz de verdad, en la que se adivina el sufrimiento, pero también las ganas de empezar de nuevo.


Él se despide con el brazo, la sonrisa de ella se ensancha tanto que separa los labios dejando los dientes al descubierto. Una sonrisa de verdad, por fin.


Beauty queen of only eighteen
she has some trouble with herself,
he was always there to help her,
she always belonged to someone else
I drove for miles and miles
and wound up al you door
I've had you so many times but somehow
I want more
I don't mind spending every day
I'm on your corner in the pouring rain
look for the girl whith a broken smile,
ask her if she wants to stay a while.
And she will be loved
She will be loved


Perdonadme por haber estado desaparecida, pero es que estuve enferma justo antes de los exámenes globales y entre que me ponía al día y estudiaba no encontré ni un segundo para pasarme.

lunes 26 de octubre de 2009

Sopor


Tengo calor, mucho calor. Me quito la manta, pero en seguida tengo frío, así que me tapo de nuevo. La luz me molesta, así que me tumbo de perfil mirando hacia la pared. Noto cómo me ponen de nuevo el termómetro, pero no estoy lo suficientemente lúcida como para dar signos de estar enterándome de lo que pasa a mi alrededor. Creo oír que el termómetro marca 39ºC. "¿Y qué?", me pregunto. Tampoco se está tan mal...
Miro la pared con más detenimiento, el papel de color azul imita la madera y llega hasta un metro y medio de altura, más arriba la pared es blanca, aunque en este momento se me antoja amarilla, será la luz... maldita luz.
Me fijo en las vetas de la madera, sólo hay dos modelos de vetas que se repiten por toda la pared. Se me desenfoca la vista cada vez que toso, así que dejo de intentar ver algo, sencillamente dejo la mirada relajada, de modo que sólo veo las figuras borrosas del papel azul.
De repente algo llama mi atención, no puede ser... pero sí, allí está, donde antes había una veta informe se alza ahora el dibujo de una figura femenina. Cuanto más desenfoco la vista, más claro es el dibujo de la mujer. ¿Qué lleva puesto? Mmmm... es un tutú y unos delicados zapatitos. Es una bailarina. Tiene el pelo muy largo, casi hasta la cintura... ¿le molestará para bailar?. La bailarina se ríe y se recoge el pelo en un moño. Se pone a bailar al ritmo de una música que yo no puedo oír, los pasos son lentos y artísticos, mientras baila, sonríe.
No me preocupa ver a la bailarina en el lugar donde debería estar la veta de la madera, porque es tan delgadita y delicada... y además sólo es una, no tiene posibilidades de hacerme daño, si fuera una jugadora de rugby otro gallo cantaría. Pero entonces me doy cuenta de que me equivocaba al pensar que la bailarina está sola, al igual que se repetían antes las vetas de la madera se repiten ahora las bailarinas. Jo, todo un ejército. ¿Y ahora que hago yo? Espero que vengan en son de paz. Todas las bailarinas se mueven al mismo ritmo, de modo que llego a la conclusión de que son la misma bailarina, pero repetida, así que no puede hacerme daño. Uf, qué alivio.
La bailarina (hablo en singular porque no quiero contradecir mi teoría de que son la misma) parece cansada después de tanto bailar, así que se sienta en una silla que aparece de la nada. Toso de nuevo y las gotitas que salen disparadas de mi boca aterrizan en el vestido inmaculado de la bailarina. Ups, creo que la he fastidiado...
La bailarina mira incrédula la mancha en su vestido, luego me mira a mí y sus ojos se convierten en dos profundas cavernas de oscuridad. Vale, definitivamente la he fastidiado.
Toda la legión de bailarinas se acercan para tirarse encima de mí a la vez. Jolín, qué mal rollo, una pandilla de bailarinas furiosas.
Pero yo sé que sólo es una bailarina, así que la miro desafiante, y, al ver que su truco no funciona conmigo, todas las bailarinas se superponen, formando una única bailarina. Lo sabía. La bailarina se pone a llorar lágrimas de algodón de azúcar, pero los antitérmicos están haciendo su efecto y, poco a poco, la bailarina vuelve a ser una veta pintada en el papel azul.
- ¿Qué tal te encuentras, cielo?- me pregunta mi madre.
- Bueno, bien, al final tenía razón.
- ¿Razón en qué?
- En realidad no eran muchas bailarinas, era una sola.
Quiero seguir explicándole a mi madre lo de la bailarina, pero las medicinas me arrastran hacia una inconsciencia tranquila, en la que ninguna bailarina me molestaría.

Sé que es bastante raro, pero como estoy con gripe me pareció buena idea escribir algo relacionado con el tema. Espero que os guste, o al menos, que no os disguste mucho.

jueves 15 de octubre de 2009

Seré inmortal...


Me acurruco más entre tus brazos, me gusta la sensación de sentirte cerca, me siento protegida. Alzo el rostro con cuidado para mirarte a los ojos, y siento una punzada de dolor al ver que, de nuevo, los tienes empañados en lágrimas. Suspiro, qué triste es que ya me haya acostumbrado a verte llorar.

Estás tenso, tienes entre las manos un papel, lo sujetas con fuerza pero con cuidado. Es una carta que te escribí una vez. Últimamente la sacas mucho y la lees y relees murmurando cosas del estilo de: "Ella me lo prometió". ¡Cómo si no lo hubiese cumplido!


Miro en derredor, el vagón del metro está bastante lleno, te lo susurro al oído, pero no me contestas... de todos modos es algo muy trivial... bueno, en realidad no. Aunque tú sólo veas a tres mujeres y un niño triste, yo puedo ver a una adolescente que habla con una de las mujeres, aunque ella no la escucha, a un hombre que acaricia el cabello de la mujer rubia de la esquina, a una madre cariñosa que da la mano al niño triste... me pregunto cuál será su historia, aunque la supongo parecida a la mía.


Llega tu parada, la de tu casa, en la que tantas veces me he bajado para ir a visitarte, nos bajamos, te doy la mano, aunque ni siquiera me la estrechas, y caminamos por el andén hasta la calle.


El aire frío nos da en la cara y disfruto de la maravillosa sensación de estar contigo, te subo un poco los cuellos del abrigo, no quiero que te resfríes otra vez, y entonces llega una chica joven con un vestido de muchos colores que te mira asustada. Tú ni siquiera reparas en ella.


- La echas de menos- dice la chica.


La miras sin comprender. Yo me encojo de miedo. ¿De qué nos conoce esa extraña?


- Ella ha cumplido su promesa, la de la carta que llevas en la mano, sigue contigo, no se ha ido.

- ¿Qué dices?- murmuras entre extrañado y enfadado.

- No puedo verla, pero sí sentirla. Nunca te deja solo.

La chica no dice nada más, simplemente se aleja trotando rápidamente haciendo sonar todas las cuentas de sus collares.

Miras alrededor con el ceño fruncido.

- ¿Ángela?- preguntas.

Oh, has dicho mi nombre. Desde el accidente no te habías atrevido a pronunciarlo.

- ¿Estás ahí?

"Estoy aquí" te susurro al oído, aunque no puedes oírme. "¿Cómo pudiste pensar que había roto mi promesa sólo porque me viste morir y me enterraste?"


Te sientes estúpido, lo sé, no puedes sentirme. Entonces recuerdo algo. Me convierto en una brisa cálida de verano (extraña en esta época) y hago que se te caiga mi carta. Luego la doy la vuelta para que veas lo que escribí en el reverso.


Corres a recoger la carta, la guardas como un tesoro, y lees lo que pone. Un brillo de comprensión se asoma en tus ojos y levantas la mirada al cielo estrellado. Te sientas en el suelo y miras las estrellas. Yo me pongo a tu lado, te doy la mano y miro también las estrellas.


Lloras, pero de alegría.


Lo has entendido.


Nos quedamos así mucho rato, los dos somos felices.


He cumplido mi promesa y lo sabes.


Miro la carta (la has dejado en el suelo ahora que sabes que tienes algo mejor para tenerme presente) y leo lo que escribí en el reverso: "Siempre que estemos lejos, mira las estrellas, porque siempre estaremos mirando las mismas estrellas". Cuando lo escribí no tenía ni idea de la importancia que iba a tener.


Cierro los ojos y me recuesto contra ti, aunque no puedas sentirlo.


- Te quiero- me susurras.

Me convierto en una brisa y te acaricio la cara.
Siempre estaré contigo, aunque conozcas a otra chica, aunque te vuelvas a enamorar, siempre te protegeré y me mantendré a tu lado, para que cuando tú también agotes tu tiempo, podamos marcharnos juntos. ¿A dónde? Más alla.


Seré tu luz,
Seré un disfraz,
Una farola que se encienda al pasar,
cualquier mariposa, la Estrella Polar,
que viene sola y muy solita se va.
Seré el sabor de un beso en el mar,
un viejo proverbio sobre como olvidar.
Seré inmortal,
Porque yo soy tu destino.