lunes 8 de febrero de 2010

:)

- No llores más, está prohibido llorar, y más sin desmaquillarse.
- Ahora me río y dejo de llorar, pero en cuanto llegue a casa no voy a poder parar.
- Sí que vas a parar, si hace falta me voy al fin del mundo a secarte las lágrimas, además si lloras mucho se te hincharán los párpados.
- ¿Y a quién le importa? Ya no tengo que estar guapa para él.
- ¿Es que yo no cuento? Me estás ofendiendo, ¿le quieres más a él, que está con otra, que a mí, que nunca te abandonaré?
- ¿Nunca?
- Jamás.
- Gracias :)

lunes 1 de febrero de 2010

Lucía

Lucía vivía con una sonrisa llena de dientes como perlas en la cara. Lucía deseaba poder sonreír más, poder ser más feliz, poder saltar más alto y correr más rápido. A Lucía no le gustaba nada la gente triste y deprimente, decía que corría el riesgo de ponerse triste, pero yo no me lo creí nunca, ¿Lucía, triste?, imposible. Lucía bailaba sola en la playa y se bañaba desnuda en el mar, soñaba con llegar un día al centro de la Tierra y mirar desde allí la Luna, "seguro que se ve más pequeñita", decía. A Lucía le gustaba trepar por la trenza de una princesa hechizada hasta las nubes, dormir la siesta allí arriba y despertarse en la cama con el pelo alborotado y gotitas que ya nunca serán lluvia en las mejillas sonrosadas. Yo conocí a Lucía, y puedo decir que ella era tal y como os lo cuento, eso hasta que llegó él y Lucía pasó a ser Lu. Él desde que la conoció quiso cambiarla. Empezó por llamarla Lu, luego hizo que dejara de ponerse vestidos de lunares y al final ya nadie recordaba a la Lucía que yo había conocido siempre, sólo conocían a Lu, una chica más del montón. Él siempre ocultaba la sonrisa de su cara besándola y cambiaba los rizos de su pelo por ondas al pasarle la mano por la cabeza "cariñosamente", decía ella, pero yo siempre supe que él no era bueno.

Ahora él ya no está, porque conoció a Mónica y dejó de necesitar los besos de Lucía, y mi amiga ahora no sabe quién es ni quién ser. Ya no es Lu, porque él ya no está y todo eso ha dejado de tener sentido, pero todo el mundo la llama así, "es por la costumbre", dicen, mentira, es porque saben que así ella se confunde, y la gente es muy mala; tampoco es Lucía, porque hace ya mucho que no sonríe como antes y ya no recuerda el camino hacia su playa. Yo le digo que sea quién quiera ser. Ella que no sabe quién quiere ser. Al final he conseguido que todos la llamen Lucía otra vez y que ella vaya de nuevo a bailar a la playa, pero ya no es la misma, porque cuando sonríe titubea un poco, yo creo que es porque aún espera que venga él a taparle la sonrisa con un beso envenenado.

lunes 25 de enero de 2010

Y así murió el Pájaro de Nácar.


Creí que había conseguido librarme de ella, que la había echado, que le había quitado las llaves de mi casa. Pero me equivocaba. Llegó como si nada, abrió la puerta de mi alma, la principal, no necesitó ni siquiera esconderse o entrar por una ventana, dejó los zapatos mojados en la entrada, como si estuviera en su casa. No fue sigilosa, no era necesario, yo traté de esconderme, pero al final supe que no podría escapar, cuando el enemigo está dentro de ti no hay nada que hacer, así que salí a su encuentro. La oí caminar por el pasillo, se estaba acercando, yo reculé y entré de nuevo en la habitación, pero no aparté la mirada de la puerta, en el fondo me picaba la curiosidad. ¿Habría cambiado mucho? ¿Estaría distinta? Finalmente giró en la esquina, quedó en frente de mí y pude mirar. Un pájaro de nácar cantó en la ventana antes de huir. Era la Amistad, no quería quedarse a ver cómo me vendía al enemigo. Porque sí, me iba a vender. Mi vieja amiga estaba igual que siempre, con los ojos llenos de mentiras, la sonrisa de desconfianza, las mejillas de lágrimas, la frente de sufrimiento, el pelo de oscuro placer. Sí, iba a sufrir, a llorar, a desconfiar de mi verdadera amiga, a mentir, a sufrir, pero, por lo menos, iba a sentir el placer de aplacar por un instante mi dolor, iba a experimentar el placer de intentar conseguir dejar de sufrir de verdad, eso sí, a cualquier precio. No tuvo que decirme nada, ni siquiera se acercó a mí, porque yo no me resistí demasiado, me lancé sobre ella y la abracé con fuerza, sintiendo cómo eclosionaba en el nido de la ventana que daba al patio sur el huevo negro, y cómo salía de su interior un pájaro negro que fue a ocupar el lugar del pájaro color nácar. La Envidia me consoló durante un rato, luego, se marchó. Me picaban los brazos vacíos. El pájaro negro se me acercó y se puso a susurrarme torrentes de fango, me dijo lo que debía hacer para que sentir envidia no tuviera sentido, destruir a quien envidiaba, y me cantó largo rato notas envenenadas, luego se fue a dormir al lecho que antes ocupaba Amistad. Y así me quedé, sola, sin la Envidia, que se había marchado a marchitar otro corazón, sin la Amistad; sola con el pájaro negro, que me recordaría las cosas malas que debería hacer. El pájaro de nacar lloraba en el sótano de mi casa, deseando que su hermano gemelo en mi antes mejor amiga se diera cuenta e intentara evitar el desastre. Pero nadie lo oyó.
Soplan vientos de tormenta.
Un erizo muere de sed.
Un molino se estremece al sentir que el cielo se oscurece.
Dan las tres.

martes 19 de enero de 2010

Beatriz

Beatriz sueña con niños, con madres, con pájaros azules, con deseos imposibles, con cintas de color plata. Beatriz se ríe con las bromas fáciles, las miradas inquietas, las sonrisas falsas (porque sólo se las cree de mentirijillas), con los chubasqueros amarillos. Beatriz llora con las películas de amor, las novelas tristes, la sopa de cebolla y las clases de gimnasia. Beatriz desea un mundo mejor, la paz mundial, que él la mire (aunque aún no sabe que lo desea), aprobar matemáticas y tomar chocolate caliente para desayunar. Beatriz quisiera que las nubes fueran de algodón (de azúcar, por supuesto), que la gente no mintiera, que los unicornios existieran y la Tierra fuera cuadrada. Beatriz odia los lunes, los días nublados en los que no llega a llover, los sueños rotos y el verbo "odiar".
No hay nadie como Beatriz, porque Beatriz es única, como lo somos cada uno, no es ni mejor ni peor, es tan sólo Beatriz.
Una vez a Beatriz quisieron obligarla a fingir que no era Beatriz, que era otra persona, que creía otras cosas, que le gustaban los días soleados. Y por no adaptarse y dejarse mandar la aplastaron. Y ahora Beatriz sigue siendo Beatriz, y quiere seguir estando orgullosa de lo que piensa, y finge estar segura de sus tan distintas ideas delante de quien la aplastó, pero ahora Beatriz llora por las noches y le cuenta a su almohada entre suspiritos que teme haberse equivocado. Pero, por lo menos, sigue siendo Beatriz, no como le pasó a Paula, pero eso es otra historia.

martes 12 de enero de 2010

Imposible


Sólo quería tocarlo, saber qué se sentía al notar su pulido tacto, sólo quería acariciarlo suavemente; pero lo rompí.
Sólo quería nombrarlo, sentir las sílabas de su nombre en mis labios, saborear sus vocales y oler sus consonantes... Pero de tanto decir su nombre se lo gasté.
Sólo quería mirarlo, recrearme en sus ojos grises, disfrutar con cada uno de sus gestos cotidianos... Pero de tanto sentirse mirado se asustó.
Yo quería atrapar con las manos la sensación de caerse en el vacío que a veces se tiene antes de dormirse, quería cazar ese ahogo que experimentas al soñar que caes en un pozo, deseaba encerrar en una caja el miedo irracional a algo aparentemente inofensivo que sientes cuando estás dormido, ansiaba guardar en una palabra secreta la textura de las alas de una mariposa, pero hay cosas que son imposibles, que no os digan lo contrario.
Ahora sólo puedo confiar en que cuando me duerma esta noche sueñe que no lo rompí, no lo nombré demasiado, no le incomodé al mirarlo; que sueñe que pude atrapar lo evanescente, cazar lo salvaje, encerrar lo libre, guardar lo etéreo.

lunes 4 de enero de 2010

Miedo


-¿De qué tienes miedo?- preguntó de nuevo Luna con su tono pausado de voz.
- Yo... no lo sé- suspiró Álvaro.
- Entonces, ¿por qué me dices que estás asustado?- preguntó la chica haciendo alusión a la contestación que le había dado Álvaro un rato antes.
- Porque es así como me siento, pero no sé por qué.
- Sí que sabes por qué, Álvaro, pero te avergüenzas de ello.
- De verdad, Luna, no sé por qué tengo miedo.
- Yo sí lo sé.
Se quedaron unos instantes en silencio, Álvaro pensó en un principio que Luna iba a continuar, pero luego recordó que ella nunca decía nada que no le fuera preguntado.
- ¿De qué tengo miedo?- preguntó el chico en un susurro.
Luna se mantuvo callada unos segundos y luego contestó con otra pregunta:
- ¿Qué crees que es el miedo?
- Pues... no sé...- Álvaro vaciló, pero decidió que no podía pasarse toda la vida diciendo "no sé"- es el temor a...
- No vale definir miedo con un sinónimo- le interrumpió Luna con una sonrisa apacible.
- Eh, vale... es la sensación- miró a Luna para comprobar que la definición era de su agrado- desagradable de...
No fue capaz de continuar, no le salían las palabras.
- El miedo no es siempre desagradable, por ejemplo, yo te tengo miedo a ti, pero me caes bien y me gusta estar contigo- comenzó Luna.
- ¿Me tienes miedo a mí?- la interrumpió Álvaro, completamente incrédulo.
Luna se mantuvo en silencio, hasta que Álvaro se disculpó por haberla interrumpido y la dejó continuar.
- El miedo es una sombra que se cierne sobre nosotros, una oscuridad que cubre nuestras miradas y nos impide ver con claridad, porque no queremos ver. Cuando tenemos miedo es porque hay alguien o algo que nos hace creer que va a ocurrir una desgracia, una mala situación, algo que nos desagrade. No tenemos la certeza de que un lobo hambriento nos vaya a devorar si nos lo encontramos cuando estamos perdidos en el monte, pero tenemos miedo de que eso ocurra.
- Es que es lo más probable... perdóname, Luna, sigue, por favor.
- El miedo nos bloquea, nos hace tomar decisiones precipitadas. El miedo se esconde en nuestro interior, es una bestia negra que nos quiere proteger, es una profecía de una desgracia, es un amigo que nos puede ayudar a ser precavidos y un enemigo que nos puede conducir directamente a la barca de Caronte.
Luna calló.
- Entonces, eso es el miedo- dijo Álvaro algo inseguro.
La chica asintió.
- ¿A qué tengo miedo yo?
Luna no contestó, simplemente le miró largamente con sus ojos azules cristalinos, luego desvió la mirada hacia el ventanal de la mansión. Estaba esperando a que Álvaro se contestara a sí mismo.
- Yo... le tengo miedo a... ¿los demás? Sí, a lo que piensen los demás por verme contigo- ya no le importaba poner estos pensamientos en voz alta, estaba seguro de que Luna ya sabía todo eso.
- Eso es lo que tú quieres creer- murmuró Luna volviendo a mirarle-. Quieres creer que temes a Lidia por lo que piense de nosotros, quieres creer que tienes miedo de que ella te obligue de algún modo a dejar de verme. Pero no es eso, porque tú y yo sabemos que esa decisión solo la puedes tomar tú. Te tienes miedo a ti mismo. Tienes miedo a levantarte una mañana y dejar de venir a verme, condenarme al destierro, a la soledad; tienes miedo de no ser lo bastante fuerte como para olvidar las tonterías de Lidia y los demás; tienes miedo de irte a lo fácil y volver a tu vida de antes, una vida donde yo no existo. En el fondo tienes miedo de no saber superar este obstáculo y dejarte caer en la autocompasión y autojustificación, diciéndote que nuestra amistad era imposible. Y tienes miedo a todo esto porque sabes que sí es posible.
Ambos se callaron, no había nada más que decir. Al cabo de unos minutos, Luna rompió el silencio:
- Es tarde.
Álvaro se levantó, dispuesto a marcharse sin despedirse, como siempre, ya que a Luna no le gustaban las despedidas, en una ocasión las llamó "palabras vacías". Cuando ya estaba en la puerta del salón de baile de los Von Draken se giró y preguntó:
- ¿Temes a Lidia?
- En absoluto.
- ¿Y a mí?
- Eso ya lo sabes.
- ¿Qué puedo hacerte yo, que soy tu amigo, que no puede hacerte Lidia, que te hace la vida en el instituto imposible?
- Tú puedes olvidarme.

No es la continuación de la entrada anterior, es sólo otro fragmento de la misma historia, posiblemente posterior, escribiré salteadamente pequeños trocitos de este relato, la verdad es que tanto los personajes como la historia me han cautivado.

lunes 21 de diciembre de 2009

Polvo


"¿Qué haré yo aquí?" se preguntó de nuevo Álvaro al mirar de reojo a Luna. "Tenía que haberme marchado, esta pava está fatal..." Pero no se había marchado, y estaba allí, en la vieja y abandonada mansión de la familia Von Draken.
- Álvaro...- susurró Luna para llamar su atención. Un escalofrío recorrió a Álvaro, Luna le daba un poco de miedo cuando hablaba con ese todo pausado y susurrante, bueno, más que asustarle, le inquietaba. Todo en Luna era inquietante. Su pelo rubio platino, que le caía en cascadas de ondas desordenadas por la espalda hasta más abajo de la cintura, su sonrisa, extrañamente estática, sin felicidad auténtica, más serena que alegre, su pequeño cuerpo como de cristal, tan delicado que a Álvaro le parecía que se iba a romper en mil pedazos, y, sobre todo, sus ojos. Sus ojos eran demasiado grandes, demasiado redondos, siempre tan abiertos, de un azul cristalino casi traslúcido... sí, sin duda inquietantes.
- Mira esto- susurró Luna.
Álvaro se acercó teniendo cuidado de no tropezarse con la cantidad de cosas que había desperdigadas por el suelo de la casa semiderruida. Luna le estaba señalando una enorme cómoda de ébano cubierta, como todo dentro de la mansión, de una gruesa capa de polvo. Luna se agachó y acercó su rostro al mueble hasta apoyar la barbilla en el borde, Álvaro la imitó.
- Qué bonito- murmuró Luna.
- ¿El mueble?
- No, el polvo.
Álvaro se quedó expectante, esperando la explicación de Luna, consciente de que le dejaría boquiabierto y con sensación de culpabilidad por algo, como siempre; de hecho, posiblemente ese era el motivo por el que estaba allí.
- ¿Sabes? El polvo es una cosa maravillosa. Cuando los Von Draken vivían aquí, no había polvo en los muebles, porque los limpiaban todos los días. Los limpiaban porque sabían que el polvo estaba allí, flotando invisible en el aire, a la espera de que llegara un día en el que se descuidara el ama de llaves y pudiera posarse sobre los muebles. Los Von Draken se fueron, así que el polvo, que siempre había estado allí, empezó a depositarse sobre los muebles y entonces, las insignificantes motas conformaron un ejército que ahora campa a sus anchas. El polvo no lo ves, pero sabes que está ahí, por eso limpias, porque sabes que si te descuidas colonizará tus muebles. Sabes que, aunque no lo ves, el polvo te supera en número y por eso pasas todos los días un trapo, porque te da miedo verlo, prefieres que esté allí, pero sin manifestarse. Lo mismo pasa con las personas. Hay gente que es invisible, que simplemente está allí, sin mostrarse, tan solo formando parte de un decorado inexistente. Yo soy de esa gente. Soy como el polvo. Sin embargo, tú eres como la familia Von Draken. Tú no me veías, porque limpiabas todos los días, preferías que los que son como yo y yo misma permaneciéramos ocultos, porque tenías miedo de vernos. Puede que te sientas seguro al no vernos, pero debes saber que existimos, y somos más. Puede que te sientas a salvo pensando que no somos nadie, que somos unos marginados, que no somos populares, que nadie nos escucha, pero debes saber que somos más. Bueno, en realidad, ya lo sabes, porque me has conocido, un día te descuidaste y te topaste conmigo, una mota de polvo. Ahora me ves, ves el polvo, te das cuenta de que somos muchos, de que somos interesantes, de que tenemos encanto... y tienes miedo de no ser capaz de limpiar el polvo. Pero no te preocupes, por mucho que se acumule, el polvo siempre es inofensivo. Parece que se va a comer tus muebles, pero no, tan solo tienes que pasar un trapo y el polvo desparece. Eso es lo que va a ocurrir dentro de muy poco- Álvaro contuvo el aliento mientras recordaba la promesa que le había hecho a Lidia de que nunca más volvería a hablar con Luna-. Dentro de poco te darás cuenta de que no soy más que polvo, de que será más sencillo borrarme del mapa de lo que esperabas... Y el polvo desaparecerá y se quedará suspendido en el aire, invisible, como yo desapareceré de tu vida... para siempre.-una lágrima de cristal se deslizó por la mejilla de la chica.
Y Luna sopló con fuerza, haciendo que el polvo saliese despedido y se volviese invisible en el aire, convirtiendo el final de su discurso en una profecía.